Es muy común que en nuestra vida nos sintamos estancados, limitados, como encerrados en una prisión sin barrotes pero igualmente efectiva que una celda. La rutina de todos los días, las cuentas por pagar, el ir y venir con los hijos, los problemas de pareja, las enfermedades, lo caro que está todo, y un sinfín de cosas más que terminan siendo un corsé en nuestra vida, límites casi infranqueables.

Estos límites son los que se conocen como zona de confort, son los barrotes que nosotros mismos nos creamos, oficiando luego como nuestros propios carceleros custodiando la puerta. Son barrotes que tienen la finalidad de protegernos pero que en general lo hacen contra monstruos que no existen.

¿Quieres saber cómo esto afecta tu vida y cómo podrías cambiarlo?

¿Qué es la zona de confort?

La zona de confort no es otra cosa que los lugares y/o situaciones en los que una persona se siente “segura” o “cómoda”. Es lo que estás acostumbrado/a a ver cada día. Las situaciones en las que te mueves constantemente, los lugares que frecuentas, todo eso es tu zona de confort.

Por ejemplo, todas las mañanas te levantas y haces las mismas cosas. Luego vas a trabajar y quizá te subes a un ómnibus (micro, autobús, colectivo, metro, etc.) lleno de gente. Eso te disgusta, pero es tu forma de viajar. Quizá tengas tu automóvil y te sumerjas en el tránsito lento de la hora pico y estés varios minutos atascado/a en semáforos. Luego llegas a tu trabajo, allí encontrarás cosas que te gusten y otras que te disgusten. Haces las mismas tareas más o menos de la misma manera. Disfrutas las mismas cosas y te quejas de las mismas cosas.

Todo eso es tu zona de confort que aunque pueda ser incómoda o no confortable es la zona en que te sientes seguro porque es lo que conoces. Incluso puedes quejarte todos los días de la vida que tienes, de tu pareja, de tu trabajo, de tu economía, etc., pero sigues viviendo esa vida porque salir de ella es salirte de tu zona de confort, y eso da miedo, asusta.

Imagina que un día tu jefe te asigna una tarea nueva, algo que nunca haces y que es muy importante para la compañía, tu evaluación laboral depende de ello. Esa es una situación que nunca vives y está fuera de tu zona de confort, así que te sentirás inseguro/a, sentirás algo de miedo. Dependiendo del estrés que pueda provocarte esa situación nueva puedes hasta bloquearte: por ejemplo, presentar públicamente un informe de tus tareas a los directivos.

Pero pueden ser situaciones más comunes, como ir a un lugar que no conoces, o cambiar de trabajo, o cambiar de escuela. Cosas que no están en tu día a día. La zona de confort está compuesta por lo que conoces, tanto situaciones como lugares físicos.

Podría dibujarse así como en la imagen que tienes a continuación:

Una persona parada en el centro de lo que conoce y domina. Solo se mueve dentro de los límites de esta zona porque es donde se siente segura. Aunque se queje de lo feo que es ese lugar no sale de él porque allí sobrevive. Este fenómeno suele ser tan poderoso que muchos convictos suelen volver a la cárcel justamente porque su zona de confort está allí dentro.

¿Es buena o es mala la zona de confort?

Esta zona mental no es en sí buena o mala, dependerá de cuánto te limite en la vida y cómo te sientas tú al respecto. Los seres humanos automáticamente establecemos zonas de confort y tendemos a movernos dentro de sus límites, dentro de las cosas que creemos que podemos hacer y que podemos dominar. Esto tiende a estancarnos porque pronto dejamos de hacer cosas nuevas, de aprender y de vivir. Básicamente nosotros mismos establecemos nuestra rutina y luego nos aburrimos y nos quejamos de ella, pero no hacemos nada para cambiarla.

Cuando algo nos obliga a salirnos de la zona de confort nos estresamos pero hacemos cosas nuevas, aprendemos y salimos adelante. Sin embargo no tardamos mucho en crear una nueva zona de confort, quizá más grande que la anterior, un nuevo límite para movernos. Esa es la tendencia natural.

Cuando expandes tu zona de confort literalmente expandes tu mundo, te abres a nuevas posibilidades, a nuevas oportunidades y a nuevas experiencias. Toda prosperidad está siempre fuera de la zona de confort que te hayas creado y por tanto para alcanzarla tienes que decidir salirte. A veces la decisión pasa por tomar un riesgo, por hacer un curso, por dejar a tu pareja, por cambiar tu trabajo, por terminar una carrera… Muchas son las cosas que amplían la zona de confort y cambian tu vida, pero para poder lograrlo tienes que visualizar algunos aspectos.

¿Por qué creamos una zona de confort si nos limita?

Supervivencia. Esa sería la palabra. Para nuestro cerebro moverse en un ámbito conocido aunque nos disguste implica sobrevivir, y eso es lo único que a nuestra mente le importa. Que no muramos. El problema está en que salirse de la zona de confort hoy día no implica peligro de muerte, todo lo contrario, pero para nuestra mente sí.

El ser humano como mamífero es un ser indefenso ante peligros de la naturaleza. Un individuo solo por sí mismo no podría hacer frente a las amenazas de un depredador. Por tanto el humano es un ser que vive en grupos, en sociedad, porque en grupos sí es poderoso y puede sobrevivir. Por eso es que nos importa tanto ser aceptados por los demás y pertenecer a un grupo. Se ha estudiado que sentirse excluido causa depresión, inhibe nuestras capacidades de aprendizaje y hasta puede llevar al suicidio. Es el problema más grande de todo adolescente, sentirse parte del grupo.

Establecer una zona conocida y moverse dentro de ella garantizaba la supervivencia en los tiempos en que el ser humano aún no había creado sociedades tan avanzadas. Pero hoy día eso ya no es así. Ya no hay peligro de morir bajo el ataque de un depredador si hacemos cosas nuevas o vamos más allá de nuestros límites.

La película Los Croods, además de ser muy entretenida, te mostrará de una forma muy gráfica y eficiente de dónde sale la zona de confort y de dónde arrastramos este instinto de protección.

El asunto es que en la civilización actual seguir actuando como seres primitivos es justamente lo que nos limita. Sin embargo no es solo esto lo que nos hace crear una zona de confort. Existe otra condicionante muy poderosa: nuestra infancia.

Resulta que cuando venimos al mundo como bebés venimos casi sin miedo. Esto lo he explicado ya en el e-book 5 pasos para iniciar el cambio que puedes bajar gratis solo ingresando tu nombre y tu correo electrónico.

Los niños pequeños cuando aprenden a caminar son pequeños camicaces, hay que andar detrás de ellos para que no se maten porque no conocen el peligro, salvo que algo haga ruidos fuertes o les provoque dolor. El niño explora absolutamente todo su entorno. Toca todo, toma todo, se lleva todo a la boca. Un niño no teme ni decir lo que piensa o siente. No teme hablar en público ni salirse de su zona de confort. Todo eso lo aprende.

Un niño aprende a temer a las cosas a través de sus padres. Claro, los padres conocemos el peligro y sabemos que si el niño toma un cuchillo es muy probable que se corte o se lastime de gravedad. Sabemos que si lo dejamos ir a la calle se lanzará frente a los autos sin mayor inconveniente y pueda morir atropellado. Así pues para proteger a un niño los padres comenzamos a limitarlo.

El asunto es que la “protección” comienza a confundirse entre peligros reales y peligros imaginarios que parecen reales. ¿Por qué si venimos al mundo sin miedo a decir lo que sentimos o pensamos terminamos de adultos siendo incapaces de expresarnos? ¿Por qué si nacemos sin miedo a hablar en público y ante grupos de personas terminamos de adultos quedándonos paralizados ante la posibilidad de hablar ante un público prominente?

Pues bien. Cada vez que un niño se sale de lo conocido los padres se enojan, le riñen. Cada vez que un niño rompe algo o explora algo nuevo los padres terminan por enojarse. Hay padres que no les dejan ni correr porque tienen miedo a que se caigan y se lastimen. Lo he visto infinidad de veces. Y no es lo mismo evitar que el niño tome un cuchillo a evitar que el niño corra.

Así pues vamos aprendiendo a tener miedo a hacer cosas nuevas porque cada vez que lo intentamos nos gritan, se enojan con nosotros, nos ponen en penitencia, nos hacen sentir mal y así vamos generando miedo al rechazo, porque cuando los padres se enojan con un niño este siente rechazo y siente que no es amado. Claro, los padres le aman, pero el niño cree que no, que en ese momento no es amado. Y así aprende poco a poco a conformar a mamá, a conformar a papá, a conformar a otros para ser aceptado.

De esta manera nuestra mente termina sintiendo el mismo miedo ante hacer algo nuevo que sentiría ante un león hambriento. Por eso tenemos tanto miedo de hacer cosas nuevas y ante cualquier posibilidad automáticamente pensamos en todo lo que podría salir mal y decidimos no hacerlo.

Cuando estudié oratoria, iniciamos el curso unas veinte personas. Al cabo de dos clases ya éramos quince. Al cabo de cinco clases éramos la mitad. Terminamos el curso solo seis personas. ¿Por qué? Porque quienes abandonaron no pudieron tolerar el estrés y el miedo que da pararse ante otros a hablar sobre algo. Eso es miedo al rechazo. Tememos el rechazo de otros tanto como le temeríamos a una fiera lista a atacarnos. La gente se paraliza, se pone tensa, se le acelera el pulso, se le seca la garganta, se le dilatan las pupilas. Todos síntomas que se manifiestan en situaciones peligrosas. Pero no existe peligro real, es imaginario, sin embargo la persona lo vive como real.

Así nos pasamos la vida sobreviviendo más que viviendo, limitados por miedos a peligros que no existen pero que vivimos con tal intensidad que nos bloquean. Por ejemplo, imagina que no sabes conducir un auto, y pues tomas un par de clases hasta que llega el momento de salir a la calle y andar en el tránsito real. Muchas personas se bloquean ante esto. Claro, podrías decir que en el tránsito sí existe peligro de muerte porque un accidente puede ser fatal. Pero no es ese el miedo real que está de manifiesto. El miedo real es hacerlo mal. Es miedo a quedarse varado en el tránsito y sentir bocinazos de conductores apurados. Es desconfianza de sí mismo.

Solo saliendo y enfrentando los miedos es que estos se superan y la zona de confort se amplía, y con ella tu mundo.

¿Qué hay más allá de la zona de confort?

Ampliar la zona de confort es sencillo pero no fácil. Sencillo porque solo consta de hacer cosas nuevas, cosas que nunca haces. No fácil porque implica enfrentar el miedo a lo nuevo, y dependiendo de cada uno estos miedos pueden ser más fuertes o más débiles.

Para poder comprender  y expandir tus límites debes comprender qué zonas están más allá de la zona de confort para luego entender cómo atravesar cada una de ellas para ampliar tu mundo.

Zona de aprendizaje

Está inmediatamente luego de la zona de confort. Es la zona en la que te sales un poco de lo conocido pero no demasiado. Es cuando te aventuras a aprender cosas nuevas. Puede ser desde cocinar una nueva receta a tomar un nuevo curso. Puede ser viajar a un lugar al que nunca fuiste o emprender algún proyecto nuevo que no sea demasiado riesgoso. Incluso entrar en un nuevo trabajo o asumir nuevas responsabilidades te sitúa en tu zona de aprendizaje porque estás aprendiendo cosas nuevas y adquiriendo nuevas habilidades.

Cuando aprendes algo nuevo tu zona de aprendizaje se pintará de azul y pasará a ser parte de tu zona de confort. Como consecuencia de ello la zona de confort será más grande y te moverás en ámbitos y situaciones que antes no te movías. Tu zona de aprendizaje será desplazada más adelante porque ahora lo que hay que aprender nuevamente estará fuera de tu zona de confort.

Zona de pánico

La zona de pánico está más allá de tu zona de aprendizaje y es la que te obliga a hacer cosas que realmente no dominas o, mejor dicho, crees no dominar. La zona de pánico te hace sentir justamente eso, pánico, un miedo tan fuerte que volverás corriendo a refugiarte en tu zona de confort. Dejarás ese nuevo trabajo tan retador, o huirás de una situación, o boicotearás a tu nueva pareja porque no crees estar a la altura.

La zona de pánico te impedirá iniciar un nuevo negocio o dejar a tu pareja por más mal que se lleven. La zona de pánico es la que te impide hablar en público. Es la zona en que te sientes pequeño ante la vida por más que hayas estudiado, entrenado, o te hayas preparado para algo.

Imagina un abogado recién recibido que debe ir a defender su primer caso. O un médico que debe realizar su primera operación. Se han preparado para ello durante años pero aún así sienten miedo, dudan de sí mismos. Eso es natural.

Valiente no es quien no siente miedo porque no se necesita valor para hacer cosas que no nos asustan. Valiente es quién hace a pesar del miedo.

La única forma de enfrentar el miedo es hacer justo aquello que nos da miedo. Si temes hablar en público ve y habla en público. Si te sale mal pues aprende y vuelve a intentarlo. Si temes conducir ve y conduce. Si temes decirle a esa persona que te gusta lo que sientes porque te da miedo su posible rechazo, ve y díselo, luego verás cómo avanzar ya con las cartas en la mesa. Si tienes miedo de algo ve y hazlo.

Claro, esto requiere pensar de cierto modo y actuar con cierta conciencia. Normalmente la solución a todos nuestros problemas está en la zona de pánico y por eso no podemos alcanzarla. Pero es una zona imaginaria. Rara vez existe un peligro real y cuando hacemos las cosas nos damos cuenta de que no era para tanto. Es más fuerte nuestra imaginación de lo que va a pasar que la realidad misma.

Zona mágica

Más allá de la zona de pánico está la zona mágica. Aquí es dónde superaste ese miedo absurdo a un imaginario que no existe y logras lo que creías que era imposible para ti. Es donde descubres que había muchas cosas buenas si solo te atrevías a ir por más.

La zona mágica es la que te brinda el mayor gozo de vivir y la que te cambia la vida por completo. Es donde creces porque para llegar tuviste que enfrentarte a tus fantasmas. Así, tu zona de confort habrá crecido tanto que tu vida será irreconocible para ti por lo buena que se habrá tornado. Pero atravesar la zona de pánico implica muchas veces hacer cosas difíciles, implica pasar algunos momentos duros.

El camino del cambio está determinado por cómo avanzas a través de estas zonas en tu vida y cómo vas expandiendo tu zona de confort. Siempre estarás en una zona de confort porque así somos. El asunto está en hacerla crecer continuamente para seguir avanzando. No importa que tan amplia sea, los seres humanos creamos una rutina y nos sentimos mal luego de un tiempo de convivir con ella. Siempre necesitamos seguir creciendo, creando, porque es lo que nos da una sensación de significado, de sentido, de valía.

¿Cómo amplío mi zona de confort?

Una forma fácil de hacerlo aunque algo lenta es estar constantemente en tu zona de aprendizaje. Para eso tienes que determinarte a adquirir nuevas habilidades y asumir nuevas responsabilidades, nuevas cosas que hacer. Muchos dirán “Pero yo no tengo tiempo de hacer nada nuevo”, y justamente ese el mayor motivo para hacerlo.

Es interesante para esto que aprendas cosas que te gusten. No te anotes en cursos o asumas cosas que no te gustan. La gracia es que empieces poco a poco a encaminarte a lo que te gusta. El artículo sobre 7 poderosas preguntas puede ser un buen punto de partida para conocerte más a fondo y descubrir lo que realmente te motiva.

Por supuesto siempre llegará un momento en que sentirás algo de pánico. No puedes pasarte la vida aprendiendo cosas sin aplicarlas. Eso es perder tu tiempo. La idea es HACER COSAS NUEVAS. Equivócate, atrévete a cometer errores y aprende de ellos. Se aprende justamente así, HACIENDO. Einstein decía:

“El aprendizaje es experiencia, todo lo demás es información.”

El gran pensador y sabio chino, Confucio, también decía algo similar:

“Me lo contaron y lo olvidé. Lo vi y lo entendí. Lo hice y lo aprendí.”

Una forma de darte cuenta que tan estancado/a estás en tu vida es hacerte esa pregunta: ¿Qué tan a menudo te sientes incómodo?

Imagina esto. Tienes que pedirle a tu jefe un aumento. Sabes que lo mereces. Lo has comentado con todos tus compañeros y te han dado la razón. Pero te falta hablar con el jefe. Eso te pone tenso/a, te incomoda. Bien ¿qué tan a menudo te sientes así de incómodo/a?

Esa incomodidad es la que te muestra que estás forzando tu zona de confort, que la estás ampliando porque estás haciendo justo eso, lo que te incomoda. Si nunca te sientes incómodo es porque no estás saliendo de los límites que tú mismo/a te has impuesto. Siempre estás cómodamente incómodo/a, quejándote de la vida pero sin hacer nada al respecto.

Hacer esto no es tan sencillo. Se requieren muchas herramientas y sobre todo se requiere paciencia. No lo harás de la noche a la mañana, tendrás que hacer tu proceso. En todas nuestras publicaciones encontrarás herramientas para expandir tu zona de confot y con ella tu mundo. Lo harás aún con mayor profundidad y mayor éxito en nuestros seminarios y cursos. Pero ya tienes un punto de partida, ya sabes por dónde empezar.

¿Qué tan a menudo te sientes incómodo/a?

Hazle esa misma pregunta también a tus amigos compartiendo este artículo en las redes y ayuda a tus amigos a expandir su mundo.

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